Laponia finlandesa, lo más parecido a la magia.

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Un viaje a Laponia, a las tierras donde la magia es real, las noches son para estar despiertos y los cielos nocturnos están más iluminados que los diurnos.

Por Sofía Prado

“Un cuento, estoy viviendo un cuento”, repetía una y otra vez a todos los que me preguntaban con curiosidad desde que puse un pie en la coqueta Laponia finlandesa. Pinos nevados, olor a leña chamuscada, renos en liberad, cabañas en el bosque, silencio, naturaleza, leyendas vivientes y, por supuesto, la magia en vivo de las auroras boreales.

Con solo descender a la sala de espera del pequeño aeropuerto de Rovaniemi, capital y punto de partida del recorrido hacia el círculo Polar Ártico, nos  encontramos con un escenario navideño adornando cada esquina. Árboles de navidad, duendes, villancicos; es el lugar más fantástico y emblemático de todo el mundo, es la tierra de Santa Claus. Sí, la persona más famosa de esta ciudad es nada más y nada menos que el amo y señor de la navidad. ¿Y qué se puede esperar de estas curiosas tierras, sino magia de la que ni siquiera se puede dudar? Sí, de esa que no depende de trucos, sino que es tan real que basta con observarla.

Santa Claus Village y la entrada al círculo polar ártico

Cuenta la leyenda que Santa Claus vive en el bosque de Korvatunturi, en una pequeña casa perdida en la Laponia finlandesa. Pero, claro, necesitaba montar una oficina para recibir a sus incontables seguidores. Después de todo, él sabe muy bien que es una de las personas más famosas y queridas del planeta. Fue así que creó Santa Claus Village, un lugar donde la leyenda se hace presente en la ilusión de cada uno de nosotros.

La navidad aquí no tiene fecha y la magia es real, total y completamente cotidiana. Todo el año hay granjas de renos funcionando, árboles con adornos navideños y luces de colores y, por supuesto, elfos y elfas trabajando.

Justo en el límite fronterizo que da comienzo al círculo polar ártico, se encuentra el despacho personal de Santa y la central oficial de correo. Allí mismo, nos encontramos con una guía muy especial, la elfa Susi, con quién recorrimos la ciudad.

-¿Sabían que Santa construyó su oficina justo detrás del límite del círculo polar ártico porque cada vez que lo cruza detiene el tiempo?- La pregunta de Susi nos reveló el secreto de Papá Noel para conservarse igual con el pasar de los años. Nosotros asentimos, después de todo no importa que el visitante sea un adulto o un niño, aquí todos y cada uno desarrollan su tarea con una alegría y espontaneidad tal que vuelve la historia realmente verosímil.

De un salto, al igual que haría Santa, cruzamos entonces la línea imaginaria que da comienzo al famoso Polo Norte,  justo en los 66° 33’ 45.9” al norte del Ecuador.

Ahora sí, estábamos en sus tierras mágicas listos para una entrevista muy especial.

Nos sorprendió una oficina repleta de juguetes, mapas, un hogar a leña encendido y artículos de lo más curiosos, un verdadero regalo para nuestra inocencia. Afuera nevaba sin parar desde la noche anterior, pero el calor de la casa era más que acogedor para adentrarnos en el mundo de Santa. Susi nos hizo detener en una extraña máquina, la cual es operada por los elfos el día de navidad para detener el tiempo y hacer que Santa cumpla su labor a la misma hora, en todos los lugares del mundo. Sí, aquí uno puede llevarse una explicación “lógica” para cada uno de los misterios de la navidad.

Y llegó el momento en que apareció él, el protagonista de toda esta historia, con exactamente la risa que todos conocemos, su tupida barba y una sonrisa de oreja a oreja. Lejos de mantener formalidades, Santa nos abrazó como si nos conociera de toda la vida. Nos contó que sabe decir feliz Navidad en más de cincuenta idiomas y que a pesar de no tomarse nunca vacaciones, disfruta de la alegría de cada niño como si fuera el primero. También le encantan las charlas largas y tendidas con cada uno de los visitantes. –Muchos viajan desde muy lejos, es lo menos que puedo hacer-, dijo sin disimular su orgullo.

De repente se incorporó y nos invitó a acompañarlo a su oficina de correos, que se encuentra en la cabaña frente a su despacho. No hicimos más que ingresar, que nos encontramos con, a mi parecer, el correo más lindo del mundo. Las paredes decoradas con cartas de niños de cada rincón del planeta y lleno de mesas donde uno puede sentarse a escribir sus deseos de Navidad. Santa nos animó a redactar una y dejarla en su correo para las próximas fiestas. También se puede enviar correspondencia a Santa, hay un cofre lleno de mensajería que él mismo revisa y responde día tras día. Le llegan más de dos millones de cartas por año. Además, nos enseñó el sello del círculo polar ártico, único en el mundo y que, además, se puede incluir como colección en el pasaporte.

Nos despidió con un abrazo, recordándonos que podemos hablar con él siempre que queramos. No por whatsapp ni por mail, simplemente escribiendo a Santa Claus, 96930 – Círculo Polar, Finlandia.

Auroras boreales: lo más parecido a la magia

Laponia cuenta con un clima privilegiado para dejarse alucinar por las auroras boreales. Cerca de los polos se produce un choque de partículas que da como resultado unos inimaginables colores que se dibujan en el cielo. Sí, es algo asombroso. Muchas veces lo pensamos en nuestra mente, pero cuando la primera luz se enciende en el cielo y empieza a danzar sobre nuestras cabezas, es todavía mejor que lo que se pudo haber leído o escuchado al respecto.

Laponia es mágica. Pero no sólo porque allí vive Santa Claus, hay renos en los bosques y cabañas rojas por doquier, sino porque la magia está en su cielo.

Eran cerca de las siete de la tarde y ya habíamos cenado. Al norte del mundo a esa hora está tan oscuro como a la medianoche y una sopa caliente reconforta a los viajeros que aprovecharon al máximo las horas de luz para recorrer. Las nubes firmes y amenazantes se entremezclaban en el horizonte estrellado y yo cruzaba los dedos sin dejar de mirar el cielo, con la cara estampada frente al vidrio. (Si hay algo que me dejó este viaje es el molesto toc de mirar al cielo cada dos por tres).

Era la noche correcta, todo indicaba que el firmamento debía iluminarse tarde o temprano, pero quién lo podía saber. Había nevado tres días seguidos y esa noche, finalmente, las nubes no avanzaban sobre nosotros. Ahí estaban, pero firmes y lejos.

Yo tenía una linterna en mi poder, una especie de farol antiguo a pila que nos habían dejado en la habitación. Tenía la cámara con batería y el trípode preparados. También el coraje y mucha adrenalina para olvidarme de que afuera hacían poco más de -28ºC. Así que salí a esperar, como si eso hubiera cambiado algo respecto de hacerlo adentro del hotel, observando por la ventana. Caminé por el bosque cual sereno de auroras boreales. Pero no hice más que sentir el hielo en mi nariz que, de repente, observé un destello verde y suave sobre mi cabeza.

El hotel donde paramos está perfectamente ubicado en un alejado bosque en las afueras de la ciudad de Ivalo. No hay luces propias ni aledañas que puedan entorpecer la vista de este fenómeno natural que, a mi parecer, es uno de los más alucinantes de la madre naturaleza. Y ahí estaba yo, corriendo por un sendero entre la arboleda, fascinada con un simple y extraño destello.

Un amigo me había dicho “Las auroras no son como se aprecian en las fotos, ya vas a ver. Se ven suaves y solo son producto de un larga exposición de la cámara”. Con eso en mente, me dije ¿será este simple chispeo como se ven las auroras por el ojo del hombre? Pero déjenme decirles que no. De un segundo a otro el cielo empezó a iluminarse completamente, como una sinfónica que va aumentando su ritmo con distintos tonos. Es lo más parecido a la magia que vi en mi vida, ¡con razón hay tantas leyendas devenidas de esta magnificencia! ¡Esto es cosa de magos! De un segundo a otro, ondas verdes bailaban sobre los pinos y al instante, destellos azules se entremezclaban con violetas y una paleta de colores que variaba repentinamente. Para mi sorpresa, éramos unos pocos caminando aquella noche y me costó entenderlo, el cielo explotaba de vida e iluminaba tanto que no hacía falta ni llevar una linterna. Pero claro, estaba en uno de los lugares más fríos del planeta y a su vez, uno de los más despoblados. De pronto me encontré tirada en la nieve (sí a pesar del frío) haciendo tomas desde distintos ángulos o caminando al lado de una manada de renos libres que podían no ser amigables en cualquier momento. Pero no sentía nada, ni frío, ni miedo; únicamente asombro. Una vez leí a una viajera que aseguraba “La aurora le gana a todo” y debo decir que es cierto, solo me percaté de mis dedos congelados y entumecidos una vez que se apagaron los destellos. Hasta entonces ni el dolor punzante de mis manos dormidas era capaz de enviarme de vuelta a la cama.

Dicen que las auroras hacen un sonido, pero que no todos pueden escucharlos. De hecho, hay un gran debate sobre si esto es cierto o no y ha pasado a ser una creencia popular de las tierras del norte por excelencia. Esa noche, yo lo escuché. Una danza de lo más extraña me dejó petrificada, ya casi no podía tomar fotos, quería verlo por mí misma y no a través del lente por un rato. Estaba sola, sobre una colina que da a un valle y las auroras comenzaron a zumbar. Sí, un sonido muy extraño y suave pero que acompañaba la danza que aparecía y desaparecía en el cielo cual pincelazo. Se me cayó una lágrima. Y hoy puedo asegurar que pertenezco al grupo que le cree al doctor Laine, profesor de la Universidad de Helsinki, quien ha tratado de explicar lo que una vez escuchó en estas mismas tierras.

Las luces del norte son difíciles de ver, hay quienes gastan los ahorros de su vida y pasan semanas sin verlas. Hay quienes intentan viaje tras viaje o quienes ven una luz suave en el cielo y se van conformes. Y hay quienes tienen suerte, como yo. Pero citando una frase muy de moda por estos días: “Nadie se arrepiente de ser valiente”, debo  animar a cada viajero a que lo intente.

Granjas de renos, una tradición Sami

El reno es el ícono de la Laponia finlandesa, después de todo el número de renos es igual al número de humanos que habita la región. Hay antiguas granjas que se dedican a la cría de los mismos, siendo esta una antigua tradición Sami (pueblo aborigen de la provincia) y aún hoy día, la principal fuente de ingreso de muchas familias.

Antiguamente uno debía ser un Sami para poder tener su propia granja. En la actualidad, después de que el gobierno de Finlandia eliminara esa cláusula, todo el que quiere ser propietario de un reno puede serlo. Muy diferente a su país vecino Suecia, el cual sigue apegado a las leyes aborígenes y restringe la propiedad a los miembros de la comunidad. Sin embargo, la cría de esta especie es algo que se transmite de generación en generación, por lo que igualmente muchas de las granjas son descendientes de Sami.

Casi todos los renos de la región están semi-domesticados y tienen dueño. En muchas ocasiones los dejan en libertad, encerrándolos únicamente dos o tres veces al año.

En fin, lo que más llamaba mi atención eran los viajes en reno. De hecho viajar en reno no comenzó como una oportunidad turística, sino que el trineo de renos fue el transporte utilizado por los antepasados de estas tierras. Por eso, hoy los locales lo ofrecen como una vuelta a las tradiciones, además de una oportunidad de disfrutar de un paseo en el bosque y vivir una experiencia totalmente nueva.

Nosotros viajamos con Mara, quien según los lugareños es una de las favoritas de Santa Claus. Valiente y cariñosa con su dueño, le encantan las travesías por los bosques nevados. Nos sentamos en el viejo trineo de madera (cada reno tiene el suyo de por vida y Mara ya lleva varios años viajando por el ártico). Luego fuimos cuidadosamente abrigados con una manta gruesa de piel (regla número uno antes de partir) y finalmente comenzamos la fascinante travesía.

Johana fue nuestra guía en ese viaje. Si bien existen algunos paseos en los que el conductor es uno mismo, decidimos dejarnos guiar para conocer las profundidades de los senderos del ártico pasando por casitas apartadas, ríos congelados y valles de ensueño. ¡Con razón tantas películas se han inspirado aquí!, todo es tan fantástico que parece que viajamos al interior de un cuento.

Al terminar el tour nos llevaron a un tradicional refugio de bosque. Hay varios similares instalados por todo el país desde hace años y sirven para evitar que quien se pierda muera congelado. Estos lugares siempre están provistos de leña y aunque en este caso el fogón ya estaba encendido, también se dejan fósforos por si alguien lo localiza y no tiene como templarse. El refugio donde paramos es atendido por dos jóvenes que viven en la granja aledaña y que se acercaron para ayudarnos. Ya preparados, los lugareños nos pincharon dos salchichas en una brocheta y nos invitaron a cocinarlas a fuego directo, mientras nos ofrecieron un jugo caliente de frambuesa, un secreto bien guardado de los locales para recuperar el calor.

A lo lejos vimos que Mara volvía a ingresar a su corral y brindamos en su honor. “Feliz eterna navidad” nos dijo Johana y creímos que para ser un día ordinario de marzo, no había mejor frase para describir esa experiencia, brindando al pie de una fogata, en medio del bosque en Laponia.

Experiencias para hospedarse

Dentro de Laponia hay dos experiencias en hospedaje que refuerzan la magia del lugar. No se trata de solo buscar un buen lugar para dormir, sino de vivir una experiencia a la hora de elegir dónde pasar la noche.

Iglúes de vidrio: Perfectamente ubicados en el corazón del bosque, aislados de toda contaminación lumínica y rodeados de renos en libertad, estos acogedores y lujosos iglúes están preparados para dormir cómodamente, pero aún más para estar despiertos. Esta experiencia permite ver las auroras desde la cama. Sí, no hace falta salir en su búsqueda, están estratégicamente ubicados para que verlas sea tan simple como mirar la televisión, la cual no existe en las habitaciones y es un detalle realmente magistral, ya que se tiene la pantalla de la naturaleza (un claro y verdadero mensaje). Solo basta con dejarse caer en la cama, apagar todas tus luces y… ¡que empiece el show!

Estos hoteles suelen ser los lugares predilectos para los mieleros o para quienes buscan hacer grandes propuestas frente a un escandaloso firmamento de colores. Cada habitación recibe al huésped con un champagne y dos copas preparadas para el brindis.

Hechos para pasar la noche despiertos, con pantallas naturales pensadas para cumplir el sueño de más de un viajero, es de esos lugares que hay que visitar al menos una vez en la vida.

Cabañas en el bosque: Pensadas para familias y verdaderamente de ensueño, las cabañas se encuentran en las profundidades de los bosques privados de la región. Las cabañas en el bosque están hechas completamente de madera y tanto la calefacción como su equipamiento interior son sublimes. Son un lujo oculto de los tumultos de la ciudad y de los grandes hoteles, ya que cada cabaña se encuentra en un espacio único y el vecino más próximo puede estar a diez minutos en auto (fue nuestro caso).

Cada casa cuenta con un sauna exterior para vivir una verdadera experiencia finlandesa (sauna es la palabra más famosa en finlandés) y quienes se animan, pueden tomar calor en el recinto y saltar al lago congelado que cada cabaña tiene preparado.

El huésped cuenta además con trineos, raquetas y equipo para caminar por el lago congelado y dejarse maravillar por las auroras y por experiencias realmente únicas. Desprovistas de contaminación lumínica son una muy buena opción para maravillarse con este fenómeno sin tomar una excursión.

Hoteles para pasar la noche despiertos, cielos que explotan de color una vez que anochece, bosques nevados, una oficina de correo operada por elfos, el mismísimo Santa Claus, trineos de renos como medio de transporte. Esto no es otro cuento de fantasía basado en el imaginario de un escritor loco, sino que son hechos totalmente reales. Porque sí, en el norte del mundo, la magia no es cosa de cuentos, la magia la existe. 

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