Grecia: la mítica Ikaria y la sagrada Patmos.

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De las doce islas griegas del Dodecaneso, nos dejamos cautivar por la atmósfera misteriosa y fascinante de dos que escapan a la visita clásica.

Texto por Guido Minerbi · Fotos por Carmen Silveira

Un paso atrás y muchos adelante

Decidimos pasar un par de semanas en Grecia, para conocer otras de sus fascinantes islas que, desde siempre, nos apasionan. Antes de embarcarnos, paramos cuatro días en la siempre vital y bulliciosa Atenas. Nos contagiamos de mucha alegría de vivir en los barrios de Plaka y Monastiraki, cuyo ritmo vibrante y relajado a la vez dibuja una sonrisa en todos los rostros. Desde allí, uno mira hacia arriba y se encuentra con la Acrópolis, coronada por el Partenón. Es una visión mágica que resume todo lo que Atenas y Grecia significan. Subir a la Acrópolis es como realizar una peregrinación a un lugar que nos pertenece desde siempre y que sentimos como muy nuestro. Al inicio del sendero pavimentado con lajas de mármol blanco, divisamos un cartel que contiene una gran verdad: “Europa comenzó aquí”. ¿Egocéntricos, los atenienses? Para nada: no sólo Europa comenzó allí, sino esa multifacética cultura occidental que compartimos. No era la primera vez que íbamos a Grecia pero queríamos conocerla mejor. Volver atrás, para profundizar el conocimiento de un país o de una ciudad, brinda una experiencia más completa y se convierte en un gran paso adelante.

De Atenas al Dodecaneso en unas horas de ferry

El puerto del Pireo, uno de los principales del Mediterráneo, une Grecia continental con centenares de islas diseminadas por el mar que rodea la península helénica mediante una miríada de ferry-boats que van y vienen sin pausa. ¿A cuáles de tantísimas islas ir y cuáles dejar para otra oportunidad? Habíamos visitado Creta, las islas del Golfo Sarónico y las Cícladas: Santorini, Mykonos, Paros, Naxos y Amorgós, entre otras. En este viaje elegimos otro archipiélago, próximo a las costas de Turquía: el Dodecaneso. Su nombre lo define: dodeka (doce) y nisos (isla). La detallada guía Routard, nos reveló que sólo podríamos visitar dos de las doce, diferentes pero muy próximas entre sí: Ikaría y Patmos.

La primera es extensa y muy arbolada. Patmos, por el contrario, es pequeña y más árida. A Ikaría se la puede definir como “mítica”, mientras que a la pequeña Patmos le calza a la perfección el apelativo de “sagrada”. Una tarde soleada de fines de invierno nos embarcamos en el Nisos Mykonos (Isla de Mykonos) de la Hellenic Seaways. El ferry zarpó a las 15:30 y desembarcamos en Ikaría a las 23:45. Admiramos el tamaño y la modernidad del barco, cuyas cavernosas entrañas se llenaron de autos, motos, camiones, casas rodantes y ómnibus. Los cómodos salones, restaurantes de autoservicio, bares, boutiques y cubiertas de cabinas eran dignos de un barco de crucero. Jugamos al chinchón con otro pasajero (un amigable piloto de la Fuerza Aérea helénica) que dominó las reglas del juego en unas pocas vueltas y hasta nos ganó más de una vez.

La isla del mito

Faltaba poco para la medianoche cuando amarramos en el pequeño puerto de Agios Kirikos (San Kirikos). Los ferries paran sólo lo imprescindible y ponen proa a la próxima escala pocos minutos después de haber llegado. Había mucha vida y animación en los bares y tabernas que rodean el puerto, pero en las laderas de una escarpada montaña (salvo alguna trémula lucecita) no se distinguía nada en la noche sin luna. El ferry ya había levado anclas cuando dimos con Nikoleta, dueña y gerente del pequeño hotel de Therma donde habíamos reservado una habitación. Su diminuto auto se internó en un camino de cornisa angosto, todo curvas y boca de lobo, pero llegamos sin novedades. Nikoleta alivió nuestra preocupación: a la mañana siguiente nos explicaría cómo obviar curvas y kilómetros gracias a un atajo peatonal. Diez cuadras no preocupan a nadie y, al despertar, Nikoleta nos acompañó hasta el sendero. Nos encaminarnos para desayunar en el puerto y pronto nos dimos cuenta de que ella había omitido un pequeño detalle: el atajo era breve, pero ¡plagado de empinadas subidas y bajadas! Llegamos a Agios Kirikos en poco tiempo y descubrimos que las abruptas subidas parecen ser menos cansadoras cuando uno tiene a la vista un mar de intenso azul, disfruta de un sol tibio y respira un aire con la fragancia de la resina de grandes árboles.

Nos premiamos con dos kaffedakia elliniká (cafecitos griegos) y unos inolvidables pastelitos de almendras, tan abundantes en Ikaría. Almendra, en la lengua de los dioses del Olimpo es “amígdala”. Melina, la moza del bar, nos reveló por qué Ikaría es mítica. Siglos atrás, cuando Zeus, Apolo, Neptuno, Ares, Eolo, Athena y tantas otras deidades colegas convivían en el Olimpo (no siempre llevándose bien) un muchacho ambicioso, Ícaro, a falta de parapente se construyó un par de alas en el alocado intento de llegar al Sol. Calculó mal y las hizo de cera. Al sobrevolar la isla en su vuelo fatal, el sol lo castigó por su atrevimiento derritiendo sus alas y el precursor de Newbery, Saint Éxupery, Jorge Chávez y Santos Dumont tuvo un aterrizaje forzoso que le costó la vida. Es en su honor que la isla fue bautizada Ikaría. Dada su dimensión y casi no habiendo transporte público fuera de la temporada estival, para recorrerla toda es necesario alquilar un auto. Supusimos erróneamente que saldría muy caro, pero nos sorprendimos: apenas 20 Euros por día, con kilometraje ilimitado. Fuimos a conocer el coqueto puerto de Evdilos, la diminuta ciudad de Faros y una procesión de playas de arenas claras y finísimas y aguas muy transparentes. Ikaría cuenta, a diferencia de las Cícladas, con lujuriosa vegetación, importantes reservas de agua dulce e imponentes termas ya famosas en la era clásica.

No ingresamos al edificio termal para disfrutar de un día casi primaveral. Aun así, descubrimos una enorme gruta en una playita cercana a nuestro hotel, donde vimos a muchas personas en traje de baño, sentadas sobre rocas medio sumergidas en el mar.  Curiosos, preguntamos qué estaban haciendo allí. Muy simple: aprovechaban la “thalassotherapía”. El agua dulce mana del subsuelo a altas temperaturas, se mezcla con el agua de mar y permite realizar un tibio tratamiento termal (totalmente gratis) también en invierno.

El día siguiente lo dedicamos a pueblitos alejados, a otras espléndidas playas y a tortuosos caminos de montaña que llevan a cumbres de más de mil metros de altura.

Finalmente llegó el momento de embarcarnos en otro ferry que nos llevaría a Patmos en poco más de dos horas. El Sr. Dimitrios, quien nos había alquilado el coche que (supusimos) sería su propio auto, nos cobró lo pactado por dos días de alquiler y nos ofreció quedárnoslo, sin pagar nada a cambio, hasta la mañana siguiente para bajar al puerto. Lo podríamos dejar tranquilamente abierto y entregar la llave a la encargada del bar Best, tras llenar el tanque. En las islas todos se conocen y reina la confianza y ésta se traslada también a los extranjeros.

El ferry se apartaba del muelle, ¡y en eso caímos en la cuenta de que Dimitrios no nos había exigido ni firmar un contrato, ni nos había pedido la licencia de conducir!

Patmos, isla sagrada

En un folleto que vimos a bordo del Nisos Rodos (Isla de Rodas) nos enteramos por qué Patmos es sagrada. Fue allí que Agios Ioánis Theológos (San Juan Teólogo) vivió como ermitaño en una gruta que hoy se puede visitar y escribió su Apocalipsis. En la isla hay iglesias ortodoxas para todos los gustos, grandes, medianas y chicas: se dice que hay una por cada día del año. El Parlamento griego, en 1981, la proclamó “Isla Sagrada” por éstas y varias otras razones.

Considerando sus reducidas dimensiones, decidimos no alquilar un auto, ya que además del pintoresco puerto de Skála sólo queríamos visitar la pequeña ciudad de Chora (pronunciado “Jóra”). Entre el puerto y la ciudad hay un ómnibus que cubre el recorrido en unos 20 minutos. Por una fracción de lo que nos hubiera costado un taxi, llegamos a Chora, engarzada en las laderas de una montaña aislada desde donde se goza de una incomparable vista panorámica del Mar Egeo y de tantas otras islas que se asoman en la distancia.

En su cúspide se encuentra la construcción más maciza e impactante de toda la isla. Lo que a primera vista parecería ser un fuerte o un castillo ocupa la cumbre en su totalidad. Es un edificio de líneas austeras y hasta amenazantes que podría pasar por una fortaleza medieval de piedra de tono pardo oscuro. Pero no se trata de un bastión erigido para proteger a Chora: es un monasterio y está consagrado a Agios Ioánis. Mientras subíamos por un camino empedrado que iba rodeando la montaña, vimos entrar y salir casi sin pausa popes y más popes ortodoxos, ataviados con sus clásicas túnicas negras, sombreros cilíndricos también negros, frondosas y bien cuidadas barbas y un pequeño rodete de cabello sobre la nuca.

Era la semana de la Pascua Ortodoxa, que en Grecia se celebra tradicionalmente con ferviente devoción. Inesperadamente (serían las 10:00) se fueron cerrando cafés, restaurantes y tiendas. Nos enteramos de que había fallecido la hermana de un pope muy estimado y que todos irían a la iglesia a presenciar el rito fúnebre. En las islas pequeñas no hay muchos acontecimientos y hasta un funeral es un buen motivo para encontrarse. Un par de horas después la pequeña ciudad volvió a la vida. Curiosos, preguntamos a un pope con quien nos cruzamos en una angosta callejuela, por qué en Ikaría y en Patmos flameaba (junto a la azul y blanca de Grecia) una bandera con un águila negra bicéfala en campo amarillo. Nos aclaró que eso ocurre sólo en el Dodecaneso en las fiestas religiosas. Las iglesias ortodoxas de Grecia dependen del Patriarca de Atenas, excepto las del Dodecaneso, regidas por el Patriarca de Constantinopla. La que hoy en turco llaman Estambul fue otrora capital del Imperio Bizantino y su insignia era la bandera con el águila.

La ciudad “laica” de Chora se ha ido desarrollando en torno al monasterio, con cientos de casitas blanqueadas a la cal que forman un laberinto circular en varios niveles. Es un placer perderse hasta reencontrarse, porque inevitablemente se vuelve adonde se había partido. Trepamos hasta tres imponentes molinos de viento, cuya restauración les ha valido la designación de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Sólo faltaba que apareciera de repente Don Quijote, montado en Rocinante, lanza en ristre. Pasamos el día extraviándonos y reencontrándonos en Chora, un edén para los fotógrafos. El día se esfumó y cuando llegamos a la Gruta del Apocalipsis, ésta ya había cerrado.

Reponer fuerzas con manjares griegos

No sólo de caminatas vive el hombre (y la mujer también). Una reparadora ducha en el hotel, frente a la Bahía Azul, ¡y ya estábamos de vuelta en la calle que bordea el Egeo! Para la cena elegimos un restaurante típico (Estiatorion Pantelis, estiatorion es restaurante y Pantelis el apellido del dueño) en una callecita aledaña al puerto. Acompañamos la cena con un retsina, (delicioso vino blanco aromatizado con resina). Largamos con una taramosalata, una apetitosa pasta cremosa de papas con huevas de pescado de color rosado secadas al sol, rociada con sabroso y espeso aceite de oliva: un manjar. Luego, dimos cuenta de dos souvlakia (brochettes) una de pollo y otra de cerdo, adobadas con especias del Mediterráneo. El postre, gentileza de la casa, en reconocimiento de nuestros esfuerzos por expresarnos (como Tarzán…) en griego: gigantesca poción de yogur de leche de cabra casi sólido, cubierto por una generosa capa de mermelada casera de guindas. Todo fue tan grato que los otros dos días en Patmos volvimos siempre a Pantelis, donde nos atendió Katerina, verdadero menú parlante cuyos consejos siempre fueron acertados.

Regreso nocturno al Pireo

Al fin del último día nos embarcamos con cientos de pasajeros que regresaban a Atenas tras la Pascua, en el Superfast XII, de la naviera Fast Ferries, que nos devolvió al Pireo en unas 8 horas de navegación. El ferry normal habría tardado unas tres horas más. El viaje sería nocturno, por lo cual pagamos una pequeña diferencia para disfrutar de una cabina interna con camas bajas. A las ocho de la mañana bajamos por la planchada en uno de los muelles del Pireo, casi frente a la cabecera del elektrikó (el subte que une Pireo con el centro de Atenas y Kifissiá) y nos apeamos en la Plaza Syntagma (Constitución), la mayor de Atenas, prontos a disfrutar de otros dos días en la histórica ciudad que, hace siglos, sigue protegiendo Athena, su divina patrona, que siempre ronda por el Partenón que le consagraran hace más de 2.000 años.

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